Cuando cesó el estallido de los fuegos artificiales, de pronto se hizo el silencio a mi alrededor. El olor a pólvora que quedó flotando me sumió, no sé por qué, en un estado de ánimo sentimental.
Es una tarea en la que, sin ir más lejos, alguien como el propio autor, que no confía demasiado en su paciencia, tira la toalla al cabo de dos o tres horas.