Lo que determina nuestros actos no es ni el bien ni el mal, sino simplemente lo que nos gusta o nos disgusta, o lo que nos resulta agradable o desagradable, y no puedo concebirlo de otra manera.
Yo soy el espíritu de tu padre, condenado por un tiempo a vagar de noche, y de día confinado a arder en fuegos, hasta que los crímenes cometidos en mi vida sean quemados y purgados.